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En una sociedad civilizada como la nuestra, la violencia no debería existir, o al menos, no debería representar un problema social mayor.
Sin embargo, los actos violentos siguen multiplicándose como si fueran el único medio para que algunas personas resolvieran sus problemas o se dejaran sentir, con el agravante de que, por un lado, los niveles de tolerancia cada día son menores y por el otro, aumentan dramáticamente las carencias que producen los problemas económicos.
Una definición general del concepto se refiere a la violencia como un tipo de interacción humana que se manifiesta por medio de aquellas conductas, como la agresión, la humillación y el maltrato que, de forma premeditada, provocan o amenazan con hacer grave daño físico o sicológico a una persona. La violencia también puede manifestarse contra los animales, las propiedades y el medio ambiente.
La violencia no siempre es ilegal. Una persona puede causarle daño físico a otra, sin que necesariamente viole la ley, siempre y cuando lo haga para proteger su vida o la de otros y no use más fuerza de la necesaria. Me refiero a la legítima defensa reconocida en nuestro ordenamiento jurídico.
Uno de los actos violentos más recientes, que de alguna manera nos toca de cerca y que ha provocado una reacción pública de inmensa indignación, ocurrió en los Estados Unidos, específicamente, en el estado de Colorado. Allí un joven de apenas 24 años irrumpió en un cine, activó una bomba de humo y disparó indiscriminadamente asesinando a 12 personas e hiriendo a otras 50.
De entrada deberíamos preguntarnos las razones que llevaron a un ser humano en una etapa tan temprana en su vida a protagonizar un acto tan grotesco. Quizás el que afirmara que él era el Guazón (un malvado personaje de la película Batman) cuando las autoridades policíacas lo entrevistaron luego del atentado nos aclare un poco su estado mental.
Pero como la tragedia cobró vida en los Estados Unidos es importante señalar que se trata de una sociedad violenta desde su origen. Pasaron por una guerra de independencia, por una guerra civil, por varias guerras mundiales, por las guerras de Korea y Vietnam, y por las de Iraq y Afganistán que aún no terminan.
Por derecho constitucional, el pueblo norteamericano puede andar armado, por eso es que vemos personas como el autoproclamado “Guazón” atentando sin mucha dificultad contra los demás. Los sucesos trágicos de esta naturaleza se cuentan por docenas en la tierra del Tío Sam y, curiosamente, el de Colorado, fue protagonizado por un norte-americano blanco.
Afortunadamente, aquí en Puerto Rico, no es común que algo así suceda, pero la violencia sigue cobrando vidas, muchas de éstas inocentes. En nuestro país ni se fabrican armas ni se producen drogas en gran escala, pero nuestras calles están llenas de ambas. Entonces, ¿quién le pone el cascabel al gato?
Como no podemos inventar una vacuna contra la violencia, lo único que nos queda para combatir la misma es la prevención. Pero, ¿cómo lo hacemos? Algunos expertos en el tema aseguran que es obligación de todos hacer un esfuerzo genuino para comprender más claramente cómo se construye y qué significa el fenómeno de la violencia para que colectivamente podamos adoptar una actitud más activa y positiva para hacerle frente.
Ayudaría también la detección temprana de las características violentas en una persona dentro del núcleo familiar, concienciar a la comunidad sobre los efectos nocivos que produce la violencia y la implantación de sistemas efectivos de resolución de conflictos para la construcción de una convivencia pacífica.
El asunto es mucho más complicado y la solución a un problema tan grave tomará tiempo, pero quedarnos cruzados de brazos es lo peor que podemos hacer. |