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14 de agosto de 2008 | Edición 632 |
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A la verdad que cualquiera se vuelve loco con las cosas que pasan en este País. En el mundo de los cuerdos, los inteligentes, los sabios, los que se las saben todas, se supone que todos los asuntos transcurran con cierta cordura, lógica y corrección. Sin embargo, de acuerdo con mi amigo el loco, en Puerto Rico se habla en idioma de cantinfladas. Cuando le preguntan al doctor Arangunde, Secretario de Educación, sobre la salud de las escuelas en el comienzo de clases, dice que todo está funcionando normal. Pero, cuando vemos el noticiario de la tarde, y se hace la misma pregunta a los maestros, el panorama es distinto. Y ni hablar de los políticos, que los periodistas le hacen una pregunta y contestan con evasivas, en trabalenguas, para no incriminarse en sus propios errores.
Me gusta conversar con el loco porque dice las cosas como son, sin pepitas en la lengua, lo que me ayuda a identificar el pensamiento del pueblo en la mayoría de los asuntos que se comentan dentro de la opinión pública. Hay mucha gente “tapaita” con Rosselló, me dice, pero aun así el “Alacrán” no gana. Vamos a hablar de otro tema, le digo, recuerda que hoy es el 6 de agosto -día del patrón- y estamos frente a la iglesia católica del pueblo que luce abarrotada de creyentes. Es verdad, comenta, esto me acuerda las alboradas que llegaban de los campos, la religiosidad de las patronales y también las picas y el templete donde bailaba la clase pobre. Pablin, me dice, tú te acuerdas la vez que don Agapito e Idelfonso, el postmaster y el farmacéutico del pueblo, se metieron a escondidas de sus esposas en el templete y el maestro Eddie y Carrasquillo los anunciaron por altoparlantes.
Esos son cuentos de pueblo, le digo. El loco me contesta como los políticos, cambia de tema haciéndose el loco, y dice: te acuerdas del palo encebáo, ah y de las competencias de la argolla (jinete montado a caballo que debía arrancar una argolla con un lápiz sujetada a un cable que cruzaba la calle). Había un jinete (me reservo el nombre) que las arrancaba todas porque hacía trampa metiendo el dedo en lugar del lápiz. Le digo, recuerdo los comelones de pan y refresco, los carnavales de baloncesto, el boxeo y cuando mister Cruz organizaba los juegos en la plaza. Tú eres bien viejo, me dice, de eso yo no me acuerdo. Mentiroso, le digo, lo que pasa es que tú estabas en Vietnam.
Mientras el loco y yo conversábamos en la plaza de recreo llegan “los mariachis” y todo el mundo se apretujó para escucharlos cantar. En verdad la iglesia estaba llena, había mucha gente adulta, saludé y me abracé a ellos como el que se abraza a los recuerdos de tiempos buenos. Son gente de campo cuya semilla de bondad sigue arraigada a su fervor religioso. Pasada la misa, la gente empieza a marcharse, me despido del loco. No hablamos de política, le digo, tal vez en la próxima. El loco se marcha y sin permitirme contestar grita, en son de broma: “tú eres de los que venían al pueblo cada 6 de agosto”.
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