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12 de junio de 2008 | Edición 623 |
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El mejor regalo que los padres debemos darle a nuestros hijos es la educación. No se trata de la enseñanza académica, que viene de la escuela donde los padres intercedemos como tutores; sino en valores de moralidad, ética, higiene, trabajo honrado, herramientas que son necesarias en la formación de hijos educados. En mi época de crianza, mi papá y mi mamá, ejercieron una función muy importante en el desarrollo de mi personalidad. Me dieron amor y a la vez supieron enseñarme con disciplina a comportarme correctamente, en todo el sentido de la palabra. Algunas de las reglas que aplicó mi padre eran comunes en las familias de la época y creo debemos aplicarlas a nuestros días.
Cuando niño vivía con mi familia en un sector del barrio Cedrito, que le llamábamos el Hoyo Frío. En el invierno el frío era terrible. Mi padre había instalado un acueducto rural, para nuestra casa y los vecinos cercanos y el agua, que nacía de un manantial cerca de la quebrada, era tan fría como el hielo. Yo tenía que meterme, contra mi voluntad, debajo de aquella ducha fría o de lo contrario no comía o se me pegaba la correa. Tiempo después nos mudamos a la carretera para una casa de cemento y madera. Aprendí a dejar el baño limpio, utilizar el cepillo y la pasta correctamente, llevar la ropa sucia al “hamper”, limpiarme las orejas, las verijas, los sobacos y otras partes íntimas.
Los muchachos (a) de aquel entonces aprendimos a respetar a los mayores como pedir permiso para pasar entre una conversación de adultos. Cualquier violación a las reglas conllevaba una reprimenda, un regaño fuerte, la limitación de juegos, y si no…la famosa correa. Los valores, la dignidad y la honestidad formaban parte de nuestra educación en el hogar. Aprendimos a hacer las tareas en el hogar para ganarnos algo; desde buscar las vacas y ordeñarlas y otros animales (como los cerdos), limpiar los alrededores, hacer mandados a la tienda y respetar lo ajeno. Hoy agradecemos aquella disciplina estricta.
Recuerdo que los jóvenes teníamos que estudiar o trabajar; de lo contrario los padres nos presionaban (para hacer una cosa o la otra) y muchos optaban por irse a los campos en los Estados Unidos o de voluntarios con el ejército. Por último, y no menos importante, nos enseñaron la fe en Dios y el asistir a la iglesia. De mis padres aprendí que el hombre siempre necesitará un freno, un padre mayor, con quien consultar, confiar y respetar…que es Dios. Es cierto que existían los padres abusivos pero, la mayor parte de aquellos hombres fuertes y trabajadores fueron gente sacrificada por su familia. Por lo tanto, el domingo día de los padres, los recordamos con cariño y les rendimos respeto.
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