8 de mayo de 2008 | Edición 618

NUESTRAS VIDAS
(Madres)

Por: Ariel Maldonado Berríos

Si le pedimos a usted que redacte un escrito sobre su madre, es muy probable que no tenga problemas en lograrlo porque está la posibilidad de que usted sea uno de esos hijos que tienen la dicha de poder recordar muchos ratos agradables e inolvidables junto a ella y se la hará muy fácil plasmar en su escrito todos los distintivos, particularidades, características, detalles y eficacia de su progenitora como madre.

Seguramente usted se lucirá haciendo gala de su intelecto. Buscará minuciosamente en su diccionario mental los adjetivos más hermosos para describir las bondades de vida y los rasgos físicos, espirituales y morales que distinguen a su señora madre.

Leeremos en su escrito que su madre es lo más bello del mundo, que es un espíritu bienaventurado, que es el mejor ejemplo del obrar bien, que es una fuente de amor, que como madre es insustituible, como esposa es insuperable y como mujer es envidiable.

Pero existen otros de esos hijos que no han tenido el privilegio o la suerte de vivir y recordar muchos ratos agradables e inolvidables junto a sus madres. A estos no se les hará fácil plasmar en sus escritos las hermosas virtudes que describen a sus madres, no porque éstas no las tengan sino porque las circunstancias no le permitieron mostrarlas.

Estos son los hijos que se criaron con madres sufridas. Los que piensan que sus madres vinieron al mundo solo a sufrir las consecuencias de la violencia doméstica. Son los que vieron como su madre era diariamente maltratada por su esposo. Son los que están cansados de ver lágrimas en los ojos de su querida madre. Los que vieron como un vicio de algún hijo o del esposo fueron minando poco a poco la alegría en la cara de su madre. Los que la vieron en sinnúmero de ocasiones hincada de rodillas implorando al Señor que no la abandonara en su desdicha. Los que la aman con tristeza y pena. Los que a pesar de todo el sufrimiento nunca dejaron de sentir el amor materno, porque mamá, a pesar de la adversidad, nunca se quitó.

Hay otros que serán indiferentes a la petición porque ni les va ni les viene. Solo se limitarán a decir que fueron criados por algún familiar mientras mamá dedicaba todo su tiempo al trabajo para darles a ellos lo que ella nunca tuvo.

Los besaba antes de ir a la cama, los bendecía y les dejaba dinero. Les daba seguimiento y perseguimiento por teléfono. En fin tuvieron una madre que no disfrutó su niñez, una madre a tiempo parcial. Dirán que el calor de una madre era por ratos pero los amó mucho, a su modo, pero los amó.

Amigo lector, las experiencias vividas por cada uno de nosotros en el seno de nuestro hogar, son experiencias únicas, razón por la cual los relatos que tú puedas hacer sobre la relación que has tenido con tu madre, son únicos. Pueden ser menos impresionantes que otros, pero también pueden ser más impactantes. Lo importante no es un relato ó el otro, lo importante es que si tomas los relatos de todos los hijos y los unes, encontrarás un común denominador, con raras excepciones.

Encontrarás que el amor de una madre es un amor que no se gasta, es un amor que a veces los hijos no lo entienden ni los esposos tampoco. Es un amor que se queda igual en las buenas y en las malas, no importa que haya vacas flacas o vacas gordas, mami siempre está ahí. Encontrarás que una madre no se cansa de esperar. Siempre espera a que tú llegues, no importa la hora, a que tú comas aunque ella no lo haga, a que tú triunfes aunque ella no triunfe, a que tú tengas buena salud aunque ella no. Siempre le pide al Señor por ti y no por ella; y está dispuesta a cualquier sacrificio por ti a cualquier hora y bajo cualquier circunstancia. Siempre te espera con los brazos abiertos aunque tú hayas cometido mil errores. Siempre serás su querido hijo. Siempre serás el fruto que el Señor permitió en sus entrañas.

No cometas el error de abochornarte de tu madre. No la juzgues, eso no te corresponde a ti, le corresponde a Dios.

Debes saber que el capital más grande que posees es tu madre. No es un capital de dinero, es algo más de valor. Es un capital de ternura profunda, de atención desinteresada, de providencia segura, de apoyo firme y de amistad leal. Es un tesoro de perdón seguro, de corazón sincero, de cariño genuino y de auxilio incondicional.

Si tu madre ya está con el Señor, mantenla en tus recuerdos, nunca la olvides, pues tienes un ángel que del cielo te cuida. Si la tienes viva, disfrútala, respétala, no la abandones, abrázala, quiérela, ámala, hazla feliz, siente orgullo de ella, nunca le tengas peros, ni tampoco remordimientos. No la evalúes, ella es tu madre y ya está. No le falles y verás que feliz la vas a hacer. Esa felicidad va a revertir hacia ti.

¡Felicidades a todas las Madres!
(en especial a Doña Monserrate (Monse) Berríos – mi madre)

 

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